Ambiciones laborales e independencia tras la maternidad
Una historia personal

El primer día en el que trabajé en el campo del abuso sexual infantil, le dije a mi familia que iba a renunciar a mi puesto. Literalmente no podía soportarlo. Había trabajado un año como voluntaria en agudos, había dirigido un proyecto en suicidio, también hecho mis pinitos con adolescentes que sufrían de trastornos de la conducta alimentaria, mujeres víctimas de violencia de género.
Quiero decir: no es como si el resto de mi carrera la hubiera dedicado a vender piruletas de fresa. Pero el abuso infantil es harina de otro costal.
Durante cinco años me repetí cada día que lo dejaría pronto. Me dije que solo dirigiría aquel servicio de psicoeducación para madres cuyos hijos habían sufrido lo impensable un poco más, cada semana otro poco más, cada mes más, cada vuelta de las vacaciones la misma cantinela. Un poco más y buscaré otro trabajo, me dedicaré a otra cosa, estaré en otro campo. Era un trabajo precioso, no me malentiendas, en el que se puede y debe hacer muchísimo, pero conciliar eso con tu propia salud mental no es siempre sencillo.
A Lisa, mi supervisora clínica de Londres, la tuve frita con aquello durante esos cinco años, pero la pregunta que me hacía en cada sesión me devolvía siempre al mismo punto:


